JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—No es ciego Zamora, ni mudo, ni sordo luego es alguno; porque yo conceptúo así al que es igual a mí en ojos, lengua y oídos, es decir, al que puede ver lo que hago, y oír y contar lo que digo en una palabra, al que puede, si se le antoja traicionarme. Una vez sentada esta teoría, continúo:

—Sí, sí, duque; me daréis en ello mucho gusto.

—Condesa no lo creo, mas no es obstáculo; debo hablar claro. Sabed, pues, que el rey estuvo en Trianón.

—¿En el grande o en el pequeño?

—En el pequeño, y se paseó del brazo con la delfina.

—¡Ah!

—Y la señora delfina, que, como no ignoráis, es muy hermosa, y que, según creo, conoce muy bien sus intereses…

—¡Dios mío…!

—Se mostraba con él tan amable y zalamera, llamándole abuelito por aquí y abuelito por allá, que Su Majestad, cuyo corazón es de oro, no pudo resistir por más tiempo; de modo que al paseo sucedió la cena, y por último los juegos inocentes de costumbre. En fin…

—En fin —repitió la favorita pálida e intranquila—; la verdad es que el rey no ha venido a Luciennes. ¿No es esto lo que queréis decir?


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