JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Eso mismo.
—La cosa es bien clara: Su Majestad tenÃa allà todo cuanto ama.
—¡Oh! Nada de eso, y estoy seguro de que vos misma no creéis lo que habéis dicho: allà tiene, cuanto más, todo lo que le agrada.
—Duque, peor todavÃa, y es necesario estar alerta; brincar, conversar, perder el tiempo jugando, he aquà todo cuanto el rey necesita. ¿Y con quién jugaba?
—Con M. de Choiseul.
Hizo la condesa un movimiento que manifestó toda su irritación.
—¿Queréis que no hablemos de estas cosas? —gritó el mariscal.
—Muy al contrario, duque, deseo que nos ocupemos seriamente de ellas.
—Veo que sois tan animosa como inteligente: cojamos, pues, al toro por las astas como dicen los españoles.
—He ahà una frase que M. de Choiseul no os perdonarÃa.
—Y sin embargo no se le puede aplicar. DecÃa, pues, condesa, que M. de Choiseul, ya que es forzoso nombrarle, manejaba la baraja con tanta facilidad y destreza…
—Qué ganó.