JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Nada de eso; perdió, y Su Majestad ganó mil luises a los ciento, en cuyo juego tiene mucho amor propio, por lo mismo que no lo juega bien.
—¡Oh! ¡Choiseul, Choiseul! —exclamó la favorita—. ¿Y madame de Grammont? Supongo que también estarÃa…
—Puede asegurarse que estaba, pero como de paso.
—¿La duquesa?
—SÃ, y creo que comete una necedad.
—¿Cómo?
—Huye al ver que no la persiguen; y como no la destierran se destierra por sà misma.
—¿Adónde?
—A provincia.
—¿Irá por ventura a intrigar?
—¿Y qué diablos queréis que haga? Antes de su marcha ha querido naturalmente saludar a la delfina, que según parece la estima mucho, y esta es la causa de haberse presentado en Trianón.
—¿El grande?
—Justamente, porque aún no se ha amueblado el pequeño.
—Pues al rodearse de todos los Choiseul, la delfina revela claramente el partido que pretende abrazar.
—Condesa, no: no exageremos las cosas, porque al fin mañana marchará la duquesa.