JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Os digo asÃ: mi querido mariscal, no contempléis con indiferencia esa ciruela ya que obráis asÃ, porque no es para vos. Amigo mÃo, deseadla conmigo, apetecedla de veras como yo, y si sacudÃs el árbol como es conveniente, si la ciruela cae…
—¿Qué sucederá?
—Entre los dos la saborearemos.
—¡Bravo! —exclamó le duque batiendo las palmas.
—¿Os parece bien?
—Ciertamente, condesa, que sois inimitable para dar fin a un apólogo. ¡Por vida de mi abuelo!, como decÃa mi difunto padre, que habéis dado en el hito.
—¿Pues deseáis sacudir el árbol?
—A dos manos y con todo mi corazón.
—¿Y era efectivamente una ciruela Claudia la de la rama?
—No lo juraré.
—¿Pues qué es?
—Me figuro que en el árbol sólo habÃa una cartera.
—Bueno; pero la cartera para los dos.
—¡Oh!, no, para mà solo. Y no me la envidiéis, condesa, porque caerán del árbol tantas cosas buenas, que tendréis no poco trabajo en elegir.
—De modo, mariscal, que es negocio concluido.
—¿Obtendré el empleo de M. de Choiseul?