JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Excelente pregunta a fe mÃa! En vos… Y le decÃs con ese acento tan halagüeño que tanto hechiza: «¡Eh!, ¡duque!, ¡duque!».
—Perfectamente.
—Vos que sois hombre… vos que sois fuerte… vos que habéis conquistado a Mahón: vamos, sacudid un poco ese rebelde ciruelo para que yo pueda apoderarme de esa ciruela condenada. ¿Me parece que podemos suponer todo esto?
—En efecto, duque; como que lo estaba yo repitiendo en voz baja mientras me lo estabais diciendo: pero ¿qué me responderÃais?
—ResponderÃa…
—Sepámoslo.
—ResponderÃa… Reflexionad un poco, condesa, pues aunque yo también lo deseo, ¿no veis qué sólido es este árbol y cuan fuertes son sus ramas? Yo también pretendo no lastimar mis manos, aun cuando tienen cincuenta años más que las vuestras.
—¡Ah! —exclamó la favorita—, bien, bien entendido.
—Continuad, pues, el apólogo. ¿Qué me decÃs?
—Os digo…
—Por supuesto con vuestro acento encantador…
—Como queráis.
—Hablad, hablad.