JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pues supongamos que os encontráis paseando por vuestro hermoso jardÃn de Luciennes, y que alcanzáis a ver una magnÃfica ciruela, una de esas preciosas reinas-Claudias que tanto os agradan, porque sus colores rosados y purpurinos se asemejan a los vuestros…
—Siempre adulador.
—Encontráis, repito, una de esas ciruelas en la punta de una rama, de la rama más alta del árbol. Entonces, ¿qué haréis?
—Sacudo el árbol; eso es cosa fácil:
—SÃ, pero inútilmente, porque el tal árbol es muy grueso, y ha echado hondas raÃces que no pueden arrancarse, como no ha mucho decÃais: además observáis también que sin conseguir que se mueva os lastimáis esas hermosas manitas contra su corteza. En este caso decÃs: «¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! ¡Cuánto darÃa por encontrar en el suelo esa ciruela!». Y sin embargo, nada adelantáis.
—Es muy natural, duque.
—No afirmaré yo lo contrario.
—Continuad; vuestro apólogo me interesa infinito.
—Supongamos también que al volveros de pronto, como ahora lo hacéis, encontráis a vuestro amigo el duque de Richelieu que se pasea pensativo.
—¿Y en qué piensa?