JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Duque, ¿y pensáis que eso es responder?
—En rigor, no, pues sólo se reduce a meditar mi respuesta.
—¿Está ya meditada?
—Esperad un momento.
—¿Dudáis?
—De ningún modo.
—Pues ya os escucho.
—Condesa, ¿y qué opináis de los apólogos?
—Que son muy antiguos.
—¡Bah!, más antiguo es el sol, y sin embargo, no hemos encontrado todavÃa otra cosa que alumbre más.
—Oigamos, pues, el apólogo; pero supongo que será transparente.
—Lo mismo que el cristal.
—Vamos, pronto.
—Bella condesa, ¿me escucháis ya?
—Ya hace rato que espero que habléis.
—Supongamos, pues… no ignoráis que en los apólogos siempre se supone.
—¡Dios mÃo!, ¡qué pesadez, duque!
—Vos misma no creéis lo que decÃs condesa, pues jamás habéis prestado mayor atención a las palabras de otro.
—Ya que me he equivocado, callaré.