JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Quién es capaz de saberlo, condesa? Quizá permanezca en su Bretaña por espacio de un lustro, como dice ese bribón de Voltaire, o que se encuentre ya de camino; puede estar a doscientas leguas de aquà o en la barrera, de ParÃs.
Asà hablando el mariscal observó en el rostro de madame du Barry el efecto de sus últimas palabras. La condesa le dijo después de un instante de silencio:
—Volvamos a la cuestión que nos ocupaba.
—Como gustéis, condesa.
—¿En qué quedamos?
—En que Su Majestad se distrae mucho en Trianón acompañado de M. de Choiseul.
—Y en que es necesario derribar a este.
—Es decir, condesa, que os habéis empeñado en derribarle.
—¡Cómo! ¿Conque ese deseo me obliga a comprometer mi propia existencia, pues moriré si no lo satisfago, y no sois capaz de ayudarme un poco, mi querido duque?
—¡Oh!, ¡oh! —exclamó este arrellanándose—, he ahà lo que en polÃtica llamamos una declaración.
—Opinad lo que gustéis, llamad a eso lo que queráis, pero responded categóricamente.
—¡Oh! ¿Quién habÃa de esperar que tan lindos y frescos labios pronunciasen un adverbio tan feo?