JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es la mitad del éxito: me parece que he adivinado vuestra idea.
—Vamos, condesa, sois una mujer adorable.
—Pero yo también deseo sacudir el árbol.
—Perfectamente; sacudid, sacudid, condesa, pues el éxito no puede perjudicar en este caso.
—También tengo un medio.
—¿Y lo creéis bueno?
—No puede ser mejor.
—¿Cuál es?
—Ya lo conoceréis, duque, o por mejor decir…
—¿Qué?
—No, no, no lo veréis.
Y al decir estas palabras con toda la gracia y atractivo de su encantadora boca, la joven condesa, como si volviese en sà de una larga distracción, bajó con precipitación el vestido que durante el pasado acceso diplomático habÃa practicado un movimiento de flujo semejante al del Océano.
El duque, que era algo marino, por cuya razón se habÃa familiarizado con los caprichos del mar, se rio a carcajadas, besó las manos de la condesa, y adivinó (porque para esto era excelente) que la audiencia se habÃa terminado.
—¿Cuándo comenzaréis a derribar, duque? —interrogó la favorita.