JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pienso adornar este extenso parque, en el cual se aburre todo el mundo.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Hija mÃa! DecÃs eso en tono muy alto: el delfÃn puede oÃros.
—Es cosa decidida entre nosotros.
—¿Habéis convenido en fastidiaros?
—No, sino en divertirnos.
—¿Y Vuestra Alteza Real se complace en esas construcciones?
—Señor duque, deseo convertir este parque en un jardÃn.
—¡Pobre Le Nôtre! —dijo el rey.
—Señor, Le Nôtre era un excelente profesor para lo que entonces se estilaba; mas para lo que yo pretendo…
—¿Y qué pretendéis?
—La Naturaleza.
—¡Ah!, como los filósofos.
—O como los ingleses.
—SÃ; repetid nuevamente eso delante de Choiseul y tendréis una declaración de guerra. Veréis qué poco tarda en amenazaros con los sesenta y cuatro navÃos y las cuarenta fragatas de su primo M. de Praslin.
—Señor, deseo que M. Robert me trace aquà un jardÃn natural, pues es el hombre más hábil del mundo para esta clase de obras.