JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Nadie, señor.
—No obstante, veo una llave colocada en la puerta del primer aposento.
—¡Ah! Es cierto; la señorita de Taverney está amueblando su cuarto.
—¿Es este? —dijo nuevamente el rey señalando la puerta.
—SÃ, señor.
—¿Y se encuentra en él? En ese caso no entremos.
—Ahora mismo ha bajado.
—Pues bien: mostradme un cuarto para distraerme.
—Como gustéis, señor.
Y al decir esto, condujo al rey al único aposento que habÃa, precedido de una antesala y de dos gabinetes.
Unos cuantos muebles arreglados, varios libros y un piano excitaron la atención del Rey, y sobre todo un hermoso ramillete compuesto de las más lindas flores, que la señorita de Taverney habÃa ya colocado en una jarra.
—¡Ah! —exclamó el rey—. BellÃsimas flores. ¡Y pretendéis destruir el jardÃn…! ¿Quién suministra a vuestra servidumbre semejantes flores?… ¿No las tenéis vos?
—En efecto, es lindo ese ramillete.