JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es habitación triste para una joven; el diablo de Gabriel era muy torpe, pues no previo siquiera que creciendo los árboles eclipsarÃan ese edificio hasta el punto de que no viésemos nada.
—Os aseguro, señor, que los aposentos no son malos.
—Eso no puede ser —repuso Luis XV.
—¿Desea Vuestra Majestad visitarlos? —contestó la delfina deseosa de hacer los honores de su casa.
—Con mucho gusto. ¿VenÃs, Choiseul?
—Ya son las dos, señor, y a las dos y media debo estar en el parlamento, de modo que sólo me queda el tiempo necesario para regresar a Versalles.
—Bien, bien, duque, marchad y traedme a mandamiento a la gente de toga. Delfina, enseñadme esas habitaciones si os agrada, pues me gustan muchÃsimo las interioridades.
—Venid, señor Mique —dijo la delfina a su arquitecto—, pues asà tendréis ocasión de recibir algunos consejos de Su Majestad que tanto entiende de todo.
Seguido de la delfina empezó a andar el rey, y ambos subieron la graderÃa que conduce a la capilla, dejando a un lado el camino de los patios.
La puerta de la capilla se encuentra a mano izquierda, y a la derecha la escalera sencilla que conduce al corredor en que están situadas las habitaciones.
—¿Aquà quién vive? —preguntó, Luis XV.