JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No, señor: únicamente a la señorita de Taverney.
—¡Encantadora joven! ¿Para qué la destináis?
—Para lectora mÃa.
—Muy bien —dijo el rey sin apartar la vista de la ventana por la cual miraba hacia el parque, pálida aún de resultas de su enfermedad, la señorita de Taverney, sin suponer que la estaban observando.
—Está muy descolorida —observó monsieur de Choiseul.
—Señor duque, se vio muy expuesta en la noche del treinta y uno de mayo.
—¿Es cierto? ¡Pobre joven! —replicó el rey—. Ya comprendo que M. Bignon merecÃa ser destituido.
—Pero ya está restablecida —agregó el ministro con viveza.
—A Dios gracias, señor duque.
—¿Qué es eso; se retira?… —exclamó Luis XV.
—Habrá reconocido a Vuestra Majestad, y como es tan tÃmida…
—¿Hace mucho tiempo que se encuentra en vuestra compañÃa?
—Señor, desde ayer: la he mandado venir tan pronto como me he instalado.