JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ah! Al fin tendremos la satisfacción de que en esos bosques y en esos riachuelos no estarán vuestros huéspedes como hurones o como esquimales. En ello nada perderÃan, pues se hallarÃan como en su centro, mereciendo que Rousseau les llamase hijos de la Naturaleza. Ejecutad eso, hija mÃa, y os adorarán los enciclopedistas.
—Mi servidumbre, señor, tendrÃa mucho frÃo en semejantes habitaciones.
—¿Y en dónde vais a aposentarla si todo lo destruÃs? Supongo que no será en el palacio, pues apenas cabéis los dos.
—Señor, quiero conservar las habitaciones de la servidumbre como hoy están.
Y al propio tiempo señaló la delfina las ventanas del corredor de que hemos hablado ya.
—¿Qué es lo que veo? —dijo el rey poniendo la mano delante de los ojos para que le sirviese de pantalla.
—Señor, una mujer —contestó M. de Choiseul.
—Una señorita que he recibido a mi servicio —observó la princesa.
—Es la señorita de Taverney —agregó Choiseul.
—¡Ah! —exclamó el rey—. ¿Con que tenéis aquà a los Taverney?