JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Realizó Balsamo un esfuerzo sobre sà mismo y contestó:
—Vamos, Lorenza, algo más de cariño y de resignación: es preciso que leas en mi pecho, en este corazón que te ama sobre todas las cosas. ¿Deseas libros?
—No.
—¿Por qué no? Los libros te distraerán.
—Quiero aburrirme hasta el punto de morir.
Sonrióse Balsamo, o por mejor decir, pretendió sonreÃrse.
—Estás loca —le dijo—, pues sabes bien que no morirás en tanto que yo esté aquà para atenderte y para curarle, si caes enferma.
—¡Oh! —exclamó Lorenza—, no me curaréis el dÃa en que me encontréis estrangulada con esta banda que ataré a la ventana.
Conmovióse Balsamo.
—Ni el dÃa —prosiguió ella—, en que tome este cuchillo y me lo clave en el corazón.
Pálido y cubierto de frÃo sudor la contempló Balsamo, y la dijo con amenazador acento:
—Lorenza, dices bien, ese dÃa no te pondré buena, ni trataré de curarte: ese dÃa te resucitaré.
Lorenza arrojó un grito de espanto, pues persuadida de que el poder de Balsamo no reconocÃa lÃmites, creyó en su amenaza.
Balsamo acababa de salvarse.