JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Lorenza, hija mÃa —la decÃa—: ¿Por qué ese prurito de hostilidad y de resistencia? ¿Por qué no habéis de vivir conmigo, que os idolatro sobre toda ponderación como una compañera amable y querida? Si eso ocurriese nada tendrÃais que desear; tendrÃais libertad para dilatar vuestro ánimo al sol, como esas flores a que hace poco tiempo os referÃais, y para extender vuestras alas como esos pájaros cuya suerte envidiáis. Juntos irÃamos a todas partes, y verÃais no sólo ese magnÃfico sol que tanto os entusiasma, sino los soles ficticios de los hombres, esas reuniones a que asisten las mujeres de este paÃs; de este modo serÃais feliz, según vuestro gusto, haciéndome dichoso a mi modo. ¿Por qué rechazáis esta ventura, Lorenza, cuando con vuestra hermosura y riqueza podéis excitar los celos de tantas mujeres?
—Porque me causáis horror —contestó la joven.
Lanzó Balsamo una mirada colérica en que se revelaba sin embargo su compasión, y la dijo:
—Pues continuad asÃ, ya que vos misma os condenáis; y supuesto que sois tan fiera no os quejéis.
—Si me dejaseis sola no me quejarÃa, como tampoco si no me obligaseis a hablaros. Apartaos de mi presencia, o cuando entréis en mi cárcel nada me digáis, y haré lo que hacen esos pobres pájaros del Sur cuando están enjaulados y perecen sin cantar.