JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un MĂ©dico —¡Oh! Ya sabĂ©is, señor duque, que nosotros los brujos variamos de nombre en todas las nuevas generaciones. En 1725, por ejemplo, era la moda que los nombres acabasen en «us», en «os» y en «as», de modo que nada tendrĂa de extraño que en dicha Ă©poca se me hubiese antojado dejar mi nombre para adoptar algĂşn otro griego o latino. Sea esto lo que quiera, estoy a vuestras Ăłrdenes, señora condesa, y a las vuestras señor duque.
—Conde, el mariscal y yo deseamos consultaros.
—De lo que resulta para mà un gran honor: y en particular si habéis concebido naturalmente esa idea.
—Tan naturalmente que más no puede ser; suponeos que no puedo olvidar vuestra predicción y que dudo mucho que se realice.
—Jamás dudéis, señora, de las predicciones de la ciencia.
—¡Oh! —murmuró Richelieu—; la corona que habéis ofrecido a la condesa es una cosa muy aventurada, pues no se trata aquà de una herida que puede curarse con tres gotas de elixir.
—Ya lo sé; se trata de un ministro a quien se arrebata con tres palabras —replicó Balsamo—. ¿Qué tal? ¿He adivinado?
—De todo punto —contestĂł la condesa temblando—. Duque, ÂżquĂ© decĂs a esto?