JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ah! ¡Ah! —exclamó la condesa riéndose—. ¿Lo habéis oÃdo?
—¿Y vos me salvasteis la vida, señor conde?
—SÃ, monseñor, en Viena, en 1725, cuando erais embajador.
—¡En 1725! Pero si en esa fecha no habÃais nacido…
Sonrióse Balsamo y dijo:
—Me figuro que sÃ, monseñor, supuesto que os encontré moribundo, o mejor dicho, muerto en una litera: acababais de recibir una estocada que os atravesó el pecho, y por más señas que derramé tres gotas de mi elixir en vuestra herida… Ahà mismo, en ese sitio en que con vuestra mano estrujáis vuestra ropilla de paño de Alenzón, que por cierto es demasiado fina para un mayordomo.
—No obstante, señor conde, lo más que tenéis son de treinta a treinta y cinco años.
—Vamos, vamos, duque —le interrumpió la condesa riéndose a carcajadas—, os olvidáis que conversamos con un hechicero.
—Estoy estupefacto, condesa, pero entonces, el señor conde debe llamarse…