JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No a fe mÃa, conde —dijo el mariscal—. ¿Cómo diablos pretendéis que crea uno cosas tan extraordinarias?
—¿Y si os digo lo que hace ahora el postillón que lleva la carta al ministro Choiseul?
—¡Ah! —exclamó la condesa.
—Yo creeré —respondió el duque—, si oigo la voz, aunque ya sé que los hechiceros y nigrománticos se reservan el privilegio exclusivo de ver y oÃr todo lo que es sobrenatural.
Fijó Balsamo la vista en M. de Richelieu con una expresión extraña que estremeció a la condesa, ocasionando a aquel un frÃo glacial en la nuca y en el corazón.
—Sà —prosiguió después de bastante silencio—, sólo yo veo y oigo los objetos y a los seres sobrenaturales; pero cuando estoy con personas de vuestra categorÃa, de vuestro talento, duque, y de vuestra hermosura, condesa, abro mis tesoros y los divido. ¿Os agradarÃa oÃr esa voz misteriosa que me revela todo?
—Sà —contestó el mariscal apretando los puños para no temblar.
—Sà —murmuró la condesa temblando.
—Pues bien, vais a oÃrla. ¿En que idioma deseáis que hable?