JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Si os parece bien, en francés —respondió la condesa—, no conozco más que él, y cualquier otro me infundirÃa miedo.
—¿Y vos, monseñor?
—En el que ha manifestado la condesa, en francés, porque me gustará poder repetir lo que diga el diablo, y juzgar de su instrucción y de si habla correctamente el idioma de mi amigo M. de Voltaire.
Balsamo, con la cabeza inclinada sobre el pecho, se dirigió hacia la puerta del gabinete que, como ya sabemos, se comunicaba con la escalera.
—Me permitiréis —dijo—, que os encierre para no exponeros mucho.
La condesa se puso pálida y se acercó al duque, en cuyo brazo se sostuvo.
Balsamo, casi arrimado a la puerta de la escalera, extendió el brazo hacia el punto de la casa en que se encontraba Lorenza, y en idioma árabe pronunció con sonora voz estas palabras, que traduciremos en idioma vulgar:
—Amiga mÃa… ¿Me oyes? Si es asÃ, coge el cordón de la campanilla y hazla sonar dos veces.
Aguardó el efecto de sus palabras mirando al duque y a la condesa que prestaban tanta mayor atención cuanto que no podÃan comprender lo que acababa de decir el conde.