JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es cierto, es cierto —respondió la condesa—, conozco mi impotencia.
—Condesa, no lo creáis; algún dÃa me pagaréis deudas, pues os facilitaré la ocasión de hacerlo.
—Conde —dijo el duque a Balsamo—, me confieso subyugado, vencido, aniquilado… En fin, yo creo.
—Cual creyó Santo Tomás, ¿no es verdad? Eso no se llama creer, sino ver.
—Podéis llamarlo como os plazca, pero yo insisto en pagar la culpa, y cuando en lo sucesivo se me hable de brujos, ya sabré lo que he de responder.
Balsamo se echó a reÃr y dijo a la condesa:
—¿Me consentÃs hacer una cosa?
—¿Cuál?
—Mi espÃritu se halla muy fatigado; dejadme pues que le devuelva su libertad, aprovechándome de una fórmula mágica.
—Hacedlo, conde.
—Gracias, Lorenza —dijo Balsamo en árabe—. Te amo y te amaré siempre: torna a tu estancia por el mismo camino que te ha conducido ahÃ, y aguárdame en ella. Vete, querida mÃa, vete y descansa.
—¡Oh!, estoy cansada —contestó en italiano la voz, con mucha mayor dulzura que cuando contestaba a las preguntas de Balsamo durante la evocación—. Ven pronto, Acharat.
—Al momento.