JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Un glacial estremecimiento se apoderó de todos los espectadores, que al momento comenzaron a cuchichear. Frunciendo el ceño el rey, como si procurase hacer aún más imponente aquella escena, tornó a entrar bruscamente en su habitación, acompañado de su capitán de guardias y del comandante del cuerpo de caballerÃa ligera que le seguÃan a todas partes.
Siguieron todas las miradas los pasos de M. de la Vrillière, quien temiendo por el paso que iba a dar, cruzaba lentamente el patio del palacio, dirigiéndose a las habitaciones de M. de Choiseul.
Mientras tanto todos hablaban tÃmida o audazmente en torno del anciano mariscal, que se hacÃa el admirado, pero en quien los demás no confiaban por la maliciosa sonrisa que animaba su rostro.
Por fin volvió de su comisión M. de la Vrillière y todos lo rodearon.
—¿Qué ocurre? —le preguntaron.
—Nada; una orden de destierro.
—¿Es cierto?
—Ni más ni menos.
—¿La habéis leÃdo, duque?
—Sà por cierto.
—¿Habláis de veras?
—Ahora lo veréis.