JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un MĂ©dico —¡Toma! A ese sĂ… y no era seguramente filĂłsofo; pues, aunque aborrecĂa las habas, bien que las comĂa cuando carecĂa de otro alimento más sustancioso.
—Ahora recordarĂ©is que el dĂa siguiente al desafĂo de M. de Richelieu, estuvisteis en las trincheras con Des-Barreaux.
—¡Vaya si me acuerdo!
—No habrĂ©is tampoco olvidado que los mosqueteros negros y la caballerĂa ligera, hacĂan juntos la guardia cada siete dĂas.
—Es muy cierto, ¿y después?
—Que la metralla llovĂa como agua aquella noche: Des-Barreaux estaba triste, y acercándose a vos, os pidiĂł un polvo que le ofrecisteis en una caja de oro.
—¿QuĂ© tenĂa un retrato de mujer?
—¡Verdad! Me parece que la estoy viendo ahora: era rubia, ¿es verdad?
—¡Vive el cielo! —dijo el barón asombrado—; ¡tenéis razón!, ¿y después?
—Después —continuó Balsamo—, una bala rasa le deshizo la cabeza, mientras saboreaba el polvo, como ocurrió en otro tiempo a M. de Berwick.
—¡Asà es! —dijo el barón—. ¡Pobre Des-Barreaux!
—¿Negaréis que os vi y reconocà en Philippsburg, como que yo era el mismo Des-Barreaux?