JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El conde se dejó caer atemorizado contra el respaldar, adquiriendo con su estupor una gran ventaja el extranjero.
—Estas son hechicerÃas, querido huésped: os hubieran quemado un siglo antes. ¡Dios mÃo!, ¡si me parece que ya esto huele a duendes, ahorcado y chamusquina…!
—Señor barón —contestó Balsamo sonriendo—: Debéis conocer de una vez que nunca ahorcan ni queman al que es verdaderamente hechicero, pues sólo necios son los que tienen cuentas que ajustar con la hoguera y los cordeles. Si os parece, acabaremos por esta noche, porque esta señorita se está ya durmiendo. Por lo que veo, muy poco le interesan las discusiones metafÃsicas y las ciencias ocultas.
Asà era en efecto: Andrea, dominada por un irresistible poder, balanceaba con suavidad su frente, semejante a una flor cuyo cáliz se inclina por la gravedad de una pesada gota de rocÃo.
Al escuchar las últimas palabras del barón para rechazar la dominadora invasión de un fluido que la oprimÃa, sacudió con energÃa su cabeza, e incorporándose, salió vacilante del comedor, y sostenida por Nicolasa.
En aquel momento desapareció aquella cara que Balsamo habÃa visto por los cristales de la ventana, la que reconoció por la de Gilberto.