JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico A la vez llegó a todo escape una silla de posta, cruzó por medio de la multitud, y sin un violento esfuerzo del postillón se hubieran precipitado los caballos contra el coche de M. de Choiseul.
Asomóse una cabeza por el ventanillo de aquel carruaje, y también el exministro sacó la suya.
Saludó a este con respeto M. de Aiguillon, y M. de Choiseul se retiró con ligereza, pues un solo momento de amargura terminaba de marchitar los frescos laureles de su caída.
Pero al mismo tiempo, y sin duda como una compensación, un coche con las armas de Francia arrastrado por ocho magníficos caballos hacía el camino de Sèvres a Saint-Cloud, y que ya por coincidencia o por no incomodar a la multitud cruzaba el camino real, pasó asimismo próximo a M. de Choiseul.
Iba en aquel coche la delfina con su dama de honor madame de Noailles, y con la señorita de Taverney.
M. de Choiseul experimentó un vivo placer, y se asomó al ventanillo saludando profundamente.
—Adiós, señora —exclamó con voz entrecortada.
—Señor de Choiseul, hasta la vista —contestó la delfina con afable sonrisa.
—¡Viva el duque de Choiseul! —gritó un hombre entusiasta al oír las palabras de la delfina.