JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Así como en París y en el camino de Chanteloup todo se convertía en amenazas y sentimientos, en Luciennes sólo se encontraban rostros alegres y sonrisas encantadoras.
Aquel cambio consistía en que no sólo brillaba en Luciennes la mujer más bella y seductora, como afirmaban los cortesanos y los poetas, sino una verdadera divinidad que gobernaba a la Francia.
También contaba madame du Barry con su policía secreta, y sabía perfectamente por Juan los nombres de todos aquellos señores que se habían apresurado a ofrecer a M. de Choiseul el último testimonio de su adhesión. Juan, pues, puso al corriente a la condesa de cuanto había pasado, y por consiguiente quedaban excluidos de Luciennes sin ninguna consideración los mencionados nobles, a la vez que el valor que otros habían desplegado contra la opinión pública se hallaba recompensado por la sonrisa protectora de la divinidad del día.
Fuera de los patios todos los coches, empezaron las recepciones particulares. Richelieu, el héroe de la jornada, héroe secreto, es cierto y sobre todo modesto, vio pasar por su lado aquella muchedumbre de felicitantes y de pretendientes y ocupó el último sillón de la sala de recibo.