JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Sois, duque, el hombre de más talento que he conocido; pero hablemos ya con alguna seriedad de nuestro ministerio… Me presumo que deberíais haber escrito a vuestro sobrino.

—Señora, el duque de Aiguillon ha venido, y en circunstancias al parecer de muchos, sumamente favorables. Como que su carruaje se ha encontrado con el de M. de Choiseul.

—Es un gran agüero. ¿Conque va a venir?

—He creído que la presencia de M. de Aiguillon en Luciennes daría margen a toda clase de comentarios, y por lo tanto le he rogado que se quede en el pueblo hasta que le avise, sujetándome a vuestras órdenes.

—Mariscal, que venga sin tardanza, pues nos encontramos ya solos o poco menos.

—Y lo haré con muchísimo gusto, supuesto que hemos quedado de acuerdo; ¿no es cierto, condesa?

—¡Oh!, sí, enteramente convencidos. Vos preferís el ministerio de la Guerra al de Hacienda, ¿no es así? ¿O deseáis tal vez el de Marina?

—Señora, prefiero el de la Guerra, porque en él podré servir con mayor utilidad.

—Muy razonable es, y hablaré al rey en ese sentido. ¿No guardáis antipatías?

—¿Contra quién?

—Contra los colegas vuestros que escoja Su Majestad.


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