JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Y M. de Aiguillon oyó al propio tiempo resonar un beso plebeyo en las mejillas de Su Majestad.

—Condesa, dadme ahora de cenar —dijo el rey.

—Imposible —respondió madame du Barry—; porque nada hay preparado aquí: mis sirvientes se han ocupado de la política palpitante y de los fuegos artificiales, y tienen abandonada la cocina.

—Venid, pues, conmigo a Marly y os convidaré.

—No es posible, porque me duele muchísimo la cabeza.

—¿Tenéis jaqueca?

—¡Oh!, no puedo más…

—Pues descansad, condesa.

—Señor, eso es lo que pienso hacer.

—Adiós.

—Hasta la vista, querréis decir.

—Me asemejo algo a M. de Choiseul, me despiden.

—Pero os lisonjeáis; al despediros, os festejan, os acarician —dijo aquella loca sirena, mientras conducía al rey hacia la puerta, hasta que, riéndose a carcajadas, consiguió echarlo fuera de la estancia.

Alumbrábale no obstante con una bujía desde el peristilo: el rey se volvió hacia ella y la dijo:

—Condesa…

—Señor —repuso ella.

—Lamentaría que se muriese el pobre mariscal.

—¿Por qué?


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