JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Por haberle fallado las esperanzas de la cartera.

—¡Oh! Ya veo que sois muy malicioso —exclamó la condesa saludando a su real huésped con otra carcajada.

Y el rey alejóse muy satisfecho de lo que acababa de decir acerca del duque, a quien efectivamente aborrecía.

Cuando volvió al salón madame du Barry halló al duque de Aiguillon de rodillas, con las manos juntas y la mirada fija en su rostro, lo cual la obligó a sonrojarse.

—He hecho fiasco —dijo ella—; el pobre mariscal…

—Sí, lo sé todo —respondió el duque—; pues he oído… Gracias, señora, gracias…

—Creo que os debía eso y algo más; pero alzaos, duque, pues de lo contrario, me haréis creer que tenéis tanta memoria como talento.

—Señora, es muy fácil que adivinéis, pues como mi tío os lo ha dicho, sólo soy un apasionado servidor vuestro.

—Y del rey también, pues desde mañana debéis recibir órdenes de Su Majestad. Pero alzaos, duque.

Y al decir esto le dio la mano, que Aiguillon besó con respeto.


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