JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La condesa conmovióse mucho al parecer, pues le fue imposible en un rato pronunciar una sola palabra.
M. de Aiguillon permaneció como ella, turbado y mudo; pero al fin alzó la cabeza madame du Barry y dijo:
—¡Pobre mariscal! Es necesario enterarle de la derrota que acaba de sufrir.
Se imaginó M. de Aiguillon que estas palabras daban por terminada su entrevista con la condesa y se inclinó.
—Señora —respondió—, voy a verle ahora mismo.
—¡Oh! No hagáis tal cosa —replicó madame du Barry—. Las malas noticias deben comunicar lo más tarde posible: podéis hacer otra cosa mejor que ir a ver al mariscal.
—¿Cuál es?
—Cenar en mi compañía.
—¡Ah! Vos no sois una mujer; sois…
—Un ángel, ¿verdad? —murmuró a su oído la condesa—, M. de Aiguillon debió conceptuarse aquella noche muy dichoso porque quitó a su tío la cartera ministerial y se aprovecho de la parte de cena que al rey correspondía.