JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es decir, vuestro curso de filosofÃa —objetó el anciano barón que se mordÃa las uñas de rabia.
—Bien, como gustéis, caballero.
—La filosofÃa nos dispensa muchas cosas buenas, señor mariscal.
—Barón, no sois buen cortesano.
—Es que los de mi nombre sólo acatan al rey.
—Rafté, mi secretario, recibe en mi antesala a más de cien al dÃa que son tanto como vos, amigo mÃo: todos vienen de provincias; allà no se aprende a vivir.
—¡Bah! Un Casa-Roja que desciende de las Cruzadas no se aviene bien con un Vignerot.
A tal ofensa cualquiera se hubiera alborotado; pero el mariscal demostró más talento que el barón de Taverney, de cuya fatuidad estaba ya más que plenamente persuadido.
PodÃa disponer que lo arrojasen por una ventana, pero se limitó a encogerse de hombros y responder:
—Observo que vivÃs muy atrasado, caballero de las Cruzadas, pues sólo habéis leÃdo la calumniosa memoria de los parlamentarios de mil setecientos veinte, y no la respuesta de los duques y pares; podéis pasar a mi biblioteca y Rafté os proporcionará la última.