JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Toma! Juanita es sumamente perezosa.
—¡Ah!
—Y jamás se levanta hasta que no son las nueve, o las diez o las once de la mañana.
—Bueno…
—Pero hoy a las seis he visto salir de Luciennes al duque de Aiguillon.
—¡A las seis! —exclamó Richelieu sonriéndose.
—SÃ.
—¿Esta mañana?
—Esta mañana, y ya comprendéis que para haber madrugado tanto Juanita debe estar loca con vuestro sobrino.
—SÃ, sà —agregó Richelieu frotándose las manos—. ¡A las seis! ¡Bravo Aiguillon!
—La audiencia, ya suponéis que ha debido empezar a las cinco… ¡Casi de noche…! ¡Es milagroso!, milagroso.
—¡Oh! SÃ, milagroso en verdad, mi querido conde —replicó el mariscal.
—De modo que os encontráis los tres como Orestes y PÃlades y otro PÃlades.
En aquel momento apareció el duque de Aiguillon en la estancia de Richelieu.