JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Eso es otra cosa; pero lo que es yo, maldito si os comprendo… ¡Conque lo deplora…! ¡Ah! Ya sé por qué… Porque no va a ser ministro al instante; sÃ, sÃ, eso es.
—Si asà sucede habrá uno interino —dijo el mariscal, sintiendo que en su corazón penetraba la esperanza, la cual jamás abandona a los hombres ambiciosos o enamorados.
—Seguramente, señor mariscal, habrá uno interino.
—SÃ, pero entretanto —exclamó Juan—, no sale mal recompensado, pues le dan el mejor mando de Versalles.
—¡Ah! —dijo Richelieu, sintiendo una nueva herida—. ¿De manera que le dan un mando?
—Exagera las cosas el conde du Barry —repuso el duque de Aiguillon.
—Pero explicadme ¿qué mando es ese?
—El de la caballerÃa ligera del rey. Las mejillas arrugadas de Richelieu se cubrieron más y más de grandÃsima palidez, y con una sonrisa, cuya expresión serÃa difÃcil describir, dijo:
—SÃ, es cosa que significa muy poco para un hombre como él, pero ¿qué queréis, duque? Por muy bella que sea una joven, y aun presumiendo que fuese la querida del rey, no podrÃa conceder sino aquello de que puede disponer.