JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Aiguillon al oÃr esto se puso pálido; entretanto Juan pasaba el rato mirando los hermosos cuadros de Murillo que poseÃa el mariscal.
Richelieu dio en el hombro a su sobrino, diciéndole:
—Por fortuna os han ofrecido que ascenderéis pronto y yo os felicito por ello con toda mi alma, duque. La astucia y la habilidad que habéis desplegado en las negociaciones, corren parejas con vuestra dicha… Adiós, tengo ocupaciones; no olvidéis, mi querido ministro, que también necesito yo vuestros favores.
Lo único que Aiguillon respondió a esto, fue:
—Señor mariscal, vos sois lo mismo que yo, y yo lo mismo que vos.
Y saludando a su tÃo marchó del aposento, guardando la dignidad natural en él y librándose de una de las posiciones más difÃciles en que se habÃa hallado durante su vida llena de tantos obstáculos y escollos.
Cuando Richelieu le vio salir, dijo a Juan que no entendÃa una palabra de los cumplimientos entre tÃo y sobrino:
—Lo mejor que tiene es que Aiguillon es un hombre sencillÃsimo. Dotado de talento y cándido a la vez que conoce la corte, es tan honrado como la doncella más pura.
—Y luego os quiere bien —contestó Juan.
—Ya se ve que sÃ.