JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Como que mejor parece hijo vuestro que M. de Fronsad.

—A fe mía que razonáis, conde.

Y al mismo tiempo que Richelieu decía esto, se paseaba agitado, buscando una cosa que no hallaba, y murmuró:

—¡Ah, condesa! Ya me las pagarás.

—Mariscal —dijo Juan con malicia—; los cuatro vamos a completar el famoso haz de la antigüedad que nadie podía romper.

—Querido amigo, ¿y quiénes son los cuatro?

—El poder lo será mi hermana; Aiguillon la autoridad; vos el consejo, y yo la vigilancia.

—Muy bien, muy bien.

—Y de este modo ya pueden venir a poner trabas a mi hermana. Reto a cualquiera a que lo intente.

—¡Voto a Dios! —dijo Richelieu, cuya cabeza ardía en un volcán.

—Que vengan, que vengan rivales —gritó Juan, ebrio de alegría con sus planes y sus ideas de triunfo.

—¡Oh! —dijo el mariscal pegándose una palmada en la frente.

—Señor duque, ¿qué es eso?, ¿qué os sucede?

—Nada; vuestra ocurrencia de formar una liga entre los cuatro me parece admirable.

—¿Es cierto?


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