JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Tanto, que estoy acorde en un todo con vuestra opinión.

—¡Bravo!

—Decidme, ¿Taverney no habita en Trianón con su hija?

—No, que reside en París.

—Querido conde, esa joven es muy hermosa.

—Por más que fuese tanto como Cleopatra o como… mi hermana, no la temo, si es que llegamos a formar la liga propuesta.

—Habéis dicho que Taverney vive en París. ¿Es acaso la calle de Saint-Honoré?

—No, la calle de Coq-Heron. ¿Habéis pensado quizá algún medio para castigar a Taverney?

—Conde, espero que sí: también creo que he concebido cierta idea…

—Sois un hombre incomparable. Os dejo, porque deseo saber lo que por ahí se dice.

—Adiós, conde… mas, a propósito, no me habéis indicado quienes son los nuevos ministros.

—¡Oh!, puede afirmarse que son aves de paso; Terray, Bertin y no se quién más pues lo que es Aiguillon se ha aplazado el tiempo en que debe ser ministro.

—Y para siempre, acaso —pensó el mariscal saludando a Juan con una graciosa sonrisa.


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