JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Cuando este salió, penetró Rafté, quien todo lo había escuchado y sabía a qué atenerse, habiéndose realizado todas sus sospechas; pero nada quiso decir a su amo porque le conocía bien.

No avisó siquiera a un ayuda de cámara, sino que él mismo le desnudó y le llevó al lecho, en el cual se hundió el mariscal tiritando como si tuviese calentura, una vez que tomó una píldora que le dio su secretario.

Este corrió entonces las cortinas y se encaminó a la antecámara, la cual se hallaba ya llena de criados que habían acudido presurosos y estaban a la escucha. Rafté cogió por el brazo al primero y le dijo:

—Que cuides bien al señor mariscal, pues está enfermo; al parecer, esta mañana ha tenido un gran disgusto: sin duda ha debido desobedecer al rey…

—¡Desobedecer al rey! —exclamó sobresaltado el ayuda de cámara.

—Sí, Su Majestad ha mandado una cartera a monseñor; pero en cuanto este supo que lo hacía por mediación de la du Barry no quiso admitirla. ¡Oh! Es una acción dignísima, y los habitantes de París deberían levantarle un arco triunfal, pero como el choque que ha tenido que sostener era en exceso violento, se ha puesto malo y es necesario cuidarle bien.


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