JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Andrea, a fin de reunirse con la delfina, cruzó un cuadro del jardín en que había algunas flores, que, a pesar de lo adelantada que estaba la estación, levantaban su pálida cabeza para aspirar los furtivos rayos de un sol más pálido aún que ellas; y como ya se iba aproximando la noche, pues en esta estación anochece a las seis, unos aprendices de jardinero se entretenían en tapar las plantas más delicadas con campanas de vidrio.
En el ángulo que hacía una calle de verdes árboles que, enlazados en forma de seto y rodeado de rosales de Bengala, iban a parar a un bonito pedazo de terreno cubierto de césped, Andrea divisó de pronto a uno de los jardineros, que así que la vio soltó la azada y la saludó con una política bastante más inteligente que la que usan los hombres del pueblo.
Le miró detenidamente y conoció a Gilberto, cuyas manos estaban bastante blancas, a pesar del trabajo, para no desesperar a Taverney.
Sin darse cuenta se ruborizó Andrea, pareciéndole que el encontrarse Gilberto en aquel lugar se debía a una condescendencia muy singular de la suerte.
Repitió su saludo Gilberto, y Andrea le contestó con otro sin cesar de andar.
Era una criatura en exceso leal y animosa para que fuese a resistir a un impulso del alma y no contestar a lo que lo interrogaba su imaginación.