JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Volvió atrás, y Gilberto, que habÃa quedado sin color, y la miraba con ojos de mal agüero, recobró de pronto la vida y dio un brinco para reunirse con ella.
—¿Aquà vos, señor Gilberto? —dijo Andrea con indiferencia.
—Señorita, ya lo veis.
—¿Y a qué coincidencia se debe?
—La vida es necesaria, señorita, pero lo es más vivir honradamente.
—¿Sabéis que sois afortunado?
—¡Oh!, mucho, señorita —dijo Gilberto.
—¿Me queréis explicar por qué?
—Os repito, señorita, que mi fortuna no puede ser más grande.
—¿Quién os ha colocado aqu�
—M. de Jussieu, que es quien me protege.
—¡Ah! —dijo llena de sorpresa Andrea—. ¿De modo que conocéis a M. de Jussieu?
—Fue amigo de mi primer protector, esto es, de mi amo M. de Rousseau.
—Ea, ánimo, señor Gilberto —dijo Andrea disponiéndose a continuar su camino.
—¿Estáis mejor, señorita? —dijo Gilberto con una voz tan temblona que se veÃa harto bien lo cansada que salÃa de su corazón, cuyas vibraciones representaba.
—¿Cómo mejor? —dijo Andrea frÃamente.