JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pues… ¿y la desgracia?
—¡Ah!, sÃ… gracias, señor Gilberto, estoy mejor, no fue casi nada.
—¡Oh!, faltó poco para que perecieseis —dijo Gilberto en el colmo de la emoción—, el peligro era grande.
Creyó Andrea que era tiempo de abreviar aquella conversación con un trabajador en medio del jardÃn, y dijo:
—Señor Gilberto, buenas tardes.
—Señorita, ¿consentÃs en aceptar una rosa? —preguntó Gilberto estremeciéndose y cubierto de sudor.
—Ignoro —respondió Andrea—, si podéis ofrecer una cosa que no es vuestra.
Sorprendido y aterrado Gilberto, nada respondió: lo que hizo fue bajar la cabeza, y viendo que Andrea le miraba con cierta alegrÃa por haber demostrado su superioridad, se levantó, rompió una rama cubierta de flores del rosal más bonito, y se puso a deshojar las rosas con una sangre frÃa, con una nobleza que llamaron la atención a la joven.