JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Y como era demasiado justa y bondadosa para no conocer que había ofendido gratuitamente a un joven cogido in fraganti delito de urbanidad, estuvo a punto de disculparse o reparar su ofensa; pero continuó su camino sin añadir una palabra, cualidad natural en las personas orgullosas que se consideran culpables.

Gilberto tampoco pronunció una palabra más; tiró la rama del rosal y tornó a coger la azada; pero como era a la vez que arrogante, astuto, se bajó para trabajar, sin duda, más también con la intención de ver alejarse a Andrea, quien al volver la calle le fue imposible dejar de mirarle: ¿qué mucho, si al fin era mujer?

Contentóse Gilberto con aquella debilidad para decirse a sí mismo que en aquella lucha había alcanzado la victoria.

—No posee la fuerza que yo —dijo—, y al fin la dominaré: a pesar de lo orgullosa que está con su hermosura, su nombre y su fortuna que va creciendo; a pesar de la insolencia con que considera mi amor, que adivina quizá, la desea más y más el pobre trabajador que tiembla con sólo verla. ¡Oh!, este temblor, este estremecimiento es digno de un hombre; pero ya me pagará algún día las bajezas que me obliga a cometer… Por hoy —añadió—, basta de trabajar: ya he vencido a mi enemigo, sí, cuando debí haber sido el más débil de los dos, puesto que la amo, me he mostrado cien veces más fuerte que ella…


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