JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El conde saludó y se retiró a su aposento. Entonces recordó el huésped la promesa hecha a Althotas, sacó el reloj y conoció que se habían perdido treinta minutos, puesto que ya habían transcurrido dos horas y media, desde que el anciano quedó dormido. Preguntó a La-Brie si el carruaje se hallaba en el mismo sitio, y este le contestó afirmativamente. Se informó del mismo, que Gilberto era, en efecto, un holgazán, que hacía ya una hora cuando menos que dormía. Dirigióse entonces hacia el cobertizo para despertar a su maestro, fijándose en la topografía del camino para volver a su habitación.

Conoció que no era exagerada la manifestación hecha por el dueño de aquel castillo sobre su miseria, porque los muebles de que tenía que ser el dichoso propietario por aquella noche, contrastaban con los restantes de la casa. Un lecho de encina, cuya colcha de viejo damasco verde estaba convertida en amarillenta por el uso; una mesa de la misma madera con pies torneados; una gran chimenea de piedra de la época de Luis XIII rellena de antiguas gacetas, a la que prestaría alguna suntuosidad el fuego en invierno, pero que por no tener caballete, leña y demás utensilios necesarios, presentaba un desconsolador aspecto: por último, dos sillas y un carcomido armario pintado de un color parduzco, componían el mueblaje de aquella habitación.


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