JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —En efecto, y lo hago para poderos expresar mañana mi gratitud…
—Y lo podréis hacer a poca costa.
—¡Decidme de qué modo!
—Es claro, que siendo tanta la intimidad que tenéis con los moradores del infierno, alcanzaréis por medio de ellos que descubriese yo el sitio donde se oculta la piedra filosofal.
—Si tenéis en ello mucho empeño…
—Me sorprende esa pregunta. ¿Y quién no lo desearÃa?
—En tal caso, podéis dirigiros más fácilmente a otra persona.
—Mostrádmela…
—¡Yo mismo!, y repito lo que me dijo Corneille en cierta ocasión que pasábamos juntos el Puente Nuevo en ParÃs: cabalmente hace cien años de esto…
—La-Brie —gritó el conde interrumpiendo aquella conversación que, en hora avanzada y con semejante hombre, se hacÃa extraña y peligrosa—. La-Brie, apresúrate, bribón, y busca una bujÃa para alumbrar al señor.
Cumpliendo la orden, llamó a Nicolasa para que precediese al viajero y orease la habitación.
Agradeció Andrea aquel pretexto que permitÃa alejar a su doncella, y quedarse a solas con sus pensamientos.