JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Vuelvo a ser bajo; ¡pero es tan hermosa! Quizá hubiera estado mucho tiempo Gilberto contemplando a Andrea porque la calle era larga y la joven caminaba con paso lento y acompasado, pero a dicha calle iban a parar otras por donde podía llegar algún importuno, y la casualidad favoreció tan poco a Gilberto que, en efecto, desembocó uno por la primera calle lateral que se hallaba a la izquierda, es decir, casi enfrente del bosquecillo de arbustos en que Gilberto se ocultaba.

Caminaba el susodicho importuno con paso metódico y mesurado, levantada la cabeza, con el sombrero debajo del brazo derecho y la mano izquierda en el pomo de la espada. Por lo demás, vestía un traje de terciopelo bajo una capota de marta cibelina, y alargaba al andar la pierna, hermosa en verdad, luciendo un empeine alto, señal de noble raza.

Al adelantar a aquel señor, divisó a Andrea, y sin duda le agradó el aire de la joven, pues apresuró el paso cortando oblicuamente, a fin de ir a parar a la línea que seguía Andrea y encontrarla cuanto antes.

Cuando Gilberto vio aquel personaje lanzó sin darse cuenta un grito no muy fuerte, y huyó como un mirlo espantado debajo de los zumaques.

La operación del importuno tuvo feliz éxito, y sin duda estaba habituado a ella, porque a los tres minutos iba detrás de Andrea a quien tres minutos antes seguía a larga distancia.


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