JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Odiaba la señora de Noailles a los ingleses tanto como a los filósofos, y como una idea nueva era para ella un fastidio y un fastidio turbaba toda su economía animal, comprendiendo que había nacido para conservar y nada más, ladraba a las nuevas ideas como los perros a las máscaras.
Se proponía Richelieu una doble intención con semejante manejo; pues mortificaba a la señora Etiqueta, lo cual agradaba en gran manera a la delfina, y hallaba aquí y allí algunos apotegmas virtuosos, o algunos axiomas de matemáticas que el delfín, amante de las cosas exactas, recogía con alegría.
Hacía la corte a las mil maravillas buscando con la vista a alguien que aguardaba ver allí y no encontraba, cuando llegó a la sonora bóveda un grito dado al pie de la escalera, que repitió una voz colocada en el primer descanso, y al momento otra en el remate de la misma escalera.
—¡Su Majestad el rey!
Tan pronto oyó la señora de Noailles esta mágica palabra, se levantó como si la hubiera hecho saltar sobre su grada un resorte de acero; Richelieu se puso de pie lentamente como hombre acostumbrado a tales sorpresas, y el delfín se limpió con precipitación la boca con la servilleta, quedando en pie delante de su sitio con el rostro vuelto hacia la puerta.