JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Y precedida de un lacayo que llevaba en la mano una linterna, la joven cruzó los cien pasos de la explanada que separaba Trianón del edificio en que habitaba la servidumbre.
También delante de ella saltaba de arbusto en arbusto, entre el follaje, una sombra que seguía con brillantes ojos todos los movimientos de la joven.
Aquella sombra era Gilberto.
Cuando llegó Andrea a la gradería comenzó a subir las escaleras de piedra, el lacayo volvió a las antecámaras de Trianón.
Gilberto entonces, deslizándose al mismo tiempo por el vestíbulo, llegó a los patios de las caballerizas, y por una escalerilla tan recta como una escala, subió a su tejado buhardilla, que se hallaba frente a las ventanas del aposento de Andrea, en un ángulo del edificio.
Desde este sitio vio a Andrea llamar a una criada de la señora de Noailles, que tenía su habitación en el mismo corredor; pero en cuanto aquella joven penetró en el aposento de Andrea, las cortinas de la ventana cayeron como un velo impenetrable entre los vivos deseos del mancebo y el objeto de aquellas ideas.
Solamente quedaba en el palacio M. de Rohán, aumentando cada vez más su galantería para con la delfina, quien le trataba con bastante indiferencia.