JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es verdad, señor barón —dijo el cardenal—, y os pido perdón por esta molestia; pero recordad que un dÃa me indicasteis que para estar seguro de ciertos secretos…
—Me era necesario el pelo de la persona de quien hablábamos aquel dÃa —interrumpió Balsamo, que ya habÃa visto el papel en manos del sencillo prelado. Efectivamente, señor barón.
—Y vos me traéis ese pelo, monseñor, ¿no es esto?
—Aquà lo tenéis: ¿creéis que sea posible volver a adquirirlo una vez hecho el experimento?
—A no ser que sea preciso aplicar el fuego… en cuyo caso…
—Sin duda, sin duda —dijo el cardenal—, pero entonces conseguiré otro mechón. ¿Puedo saber lo que deseo?
—¿Hoy?
—No ignoráis mi impaciencia.
Tomó Balsamo el pelo y subió con precipitación al aposento de Lorenza.
—Voy a saber —iba pensando por el camino—, el secreto de esa monarquÃa; al fin voy a penetrar los ocultos designios de Dios.
Y desde la parte opuesta de la pared, antes de abrir siquiera la puerta misteriosa, adormeció a Lorenza, quien lo recibió con un tierno abrazo.