JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Con sentimiento se deshizo Balsamo de sus brazos, pues no hubiera sido fácil decir qué apenaba más al pobre barón, si las reconvenciones de la hermosa italiana cuando estaba despierta, o sus caricias cuando dormÃa. Por fin, consiguió desatar la cadena que los dos brazos de la joven le habÃan echado al cuello, y colocándole el papel en la mano, le dijo:
—Lorenza mÃa, ¿te es fácil decirme de quién es este pelo?
Lo cogió Lorenza y lo apoyó, primero contra su pecho, y después contra su frente, pues aunque tenÃa abiertos los ojos, durante su sueño veÃa por el pecho y la frente.
—¡Oh! —exclamó—, la cabeza de que se ha quitado es muy ilustre.
—¡Es verdad que sÃ…! Y feliz, ¿eh?
—Puede serlo…
—MÃralo bien, Lorenza.
—SÃ, puede serlo, porque aun no tiene su vida mancha alguna.
—No obstante está casada…
—¡Oh! —dijo Lorenza sonriéndose con dulzura.
—¿Qué quiere decir mi Lorenza?
—Que se encuentra casada, querido Balsamo, y sin embargo…
—Y sin embargo, ¿qué?
—Y sin embargo…