JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Tornó Lorenza a sonreírse y continuó:

—Yo también me encuentro casada.

—Sin duda.

—Y sin embargo…

Balsamo la contempló con profundo asombro, y vio que a pesar de que la joven se hallaba dormida, se extendía sobre su rostro el rubor de la castidad.

—Y sin embargo, ¿qué? —repitió Balsamo—: Termina.

Lorenza enlazó otra vez sus brazos al cuello de su amante, y escondiendo la cabeza en su pecho, dijo:

—Y sin embargo estoy virgen.

—¿Y esa mujer, esa princesa, esa reina —exclamó Balsamo—, sin embargo de estar casada…?

—Esa mujer, esa princesa, esa reina —repitió Lorenza—, está tan pura y virgen como yo; más pura, más virgen que yo todavía, puesto que no ama como yo.

—¡Qué fatalidad! —murmuró Balsamo—. Gracias, Lorenza, ya sé cuanto quería.

La abrazó, se guardó el pelo como un rico tesoro en el bolsillo, y cortando a Lorenza un mechoncito de su negra cabellera lo quemó en las bujías, y guardó las cenizas en el papel donde había traído envuelto el pelo de la delfina.

Bajó entonces nuevamente, y sin cesar de andar despertó a la joven.

Aguardaba él prelado lleno de impaciencia y duda.


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