JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Préstame atención —respondió Richelieu—; el otro dÃa te condujiste como un colegial y yo como un dómine, no habiendo otra diferencia de ti a mà sino la férula. Sé que vas a hablar, pero yo deseo ahorrarte ese trabajo, porque estás en el caso de decir alguna tonterÃa, y yo de contestarte con otra: saltemos pues del otro dÃa a hoy. ¿Sabes con qué fin vengo esta noche?
—Lo ignoro.
—Pues soy portador de la compañÃa que me pediste anteayer y el rey ha concedido a tu hijo. ¡Qué demonios!, asà entenderás las diferencias de tiempo y ocasión: anteayer era semiministro, y pedir era una injusticia; hoy que he rechazado la cartera, y que soy simplemente el Richelieu de otros tiempos, cometerÃa un absurdo si no pidiese. He solicitado, pues; he alcanzado y traigo.
—¿En verdad, duque?, tanta amabilidad de tu parte…
—Es efecto natural de lo que un amigo debe a otro… El ministro negaba, pero Richelieu solicita y da.
—¡Ah! Duque, me encanta tu amistad, ¿conque eres mi leal amigo?
—Pues no lo he de ser, ¡vive Dios!
—Pero el rey, el rey que me otorga tal favor…
—No sabe siquiera lo que hace, o tal vez me engañaré, y lo sepa perfectamente.